Soy Eliana Gamboa. Nací en Bogotá hace 52 años y soy diseñadora gráfica, formada en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano. Durante muchos años, mi profesión estuvo ligada al diseño y a las distintas formas de comunicar a través de la imagen. Sin embargo, fue el arte, y particularmente la pintura, el que terminó por abrirme un camino que no sabía que estaba buscando.
Hace aproximadamente tres años comencé a consolidar mi desarrollo artístico a través del retrato, inicialmente de una manera principalmente empírica. Lo que comenzó como una inquietud se fue convirtiendo, poco a poco, en una necesidad de expresión. Hoy entiendo que encontré en la pintura una nueva forma de comunicarme con el mundo, pero también una manera de encontrarme conmigo misma.
A mis 52 años descubrí que nunca es tarde para encontrar una pasión. La pintura llegó a mi vida para permitirme decir aquello que muchas veces las palabras no alcanzan a expresar. Pintar se convirtió en una forma de observar, de escuchar, de comprender y de acercarme a los demás. En cada rostro que retrato encuentro una historia, una identidad, una vida que merece ser mirada y reconocida. Y, de alguna manera, al mirar a esos otros también he aprendido a mirarme a mí.
Mi formación como diseñadora gráfica ha influido naturalmente en mi manera de observar. La composición, la imagen, el manejo de los elementos visuales y la intención de comunicar hacen parte de mi lenguaje. Pero en la pintura encontré algo diferente: un espacio más íntimo, más sensible y profundamente humano. El arte me permitió pasar de comunicar mensajes a comunicar emociones, historias y formas de ver la vida.
Mi trabajo es principalmente figurativo y realista, y tiene en el retrato su eje fundamental. Vivo en el campo desde hace más de una década, y esta experiencia transformó también mi manera de mirar. Siento una especial atracción por las personas que habitan las veredas y el municipio, por quienes desarrollan sus oficios y labores cotidianas con sencillez, esfuerzo y dignidad.
Retrato personas del común: campesinos, trabajadores, habitantes de nuestras comunidades y seres que, precisamente por la sencillez de sus vidas, muchas veces pasan inadvertidos. Me interesa detenerme en ellos porque creo que cada persona tiene una historia que merece ser contada y que cada oficio guarda un valor que trasciende lo cotidiano.
Por eso, para mí, el arte no debe estar reservado para unos pocos. Creo en un arte cercano, capaz de encontrarse con la gente y de hablarle a cualquier persona, tenga o no conocimientos sobre arte. Quiero que quien se encuentre frente a una de mis obras pueda reconocerse, sentir curiosidad, recordar a alguien, emocionarse o simplemente detenerse a mirar.
Mi intención es dignificar a quienes han sido invisibilizados, darles un espacio de reconocimiento y preservar, a través de sus rostros y sus historias, una parte de nuestra memoria colectiva. Me interesa que sus oficios, sus espacios y sus formas de vida puedan permanecer en la memoria como parte de nuestro patrimonio cultural.
Trabajo principalmente con acrílico, gouache y Prismacolor, sobre lienzo, papel y madera. En mis retratos, el acrílico es la técnica que utilizo con mayor frecuencia. Trabajo por capas, construyendo progresivamente la imagen y buscando alcanzar una definición realista que me permita acercarme a las características particulares de cada persona. Pero más allá de reproducir un rostro, busco transmitir algo de quien está detrás de él.
Por eso, cada retrato está acompañado por su entorno cotidiano. Incorporo elementos relacionados con su oficio, su espacio y su forma de vida porque considero que una persona no puede separarse de la historia que la rodea. El rostro es el punto de partida, pero la historia es la que termina de construir la obra.
Con el tiempo también he comprendido que mi trabajo adquiere mayor fuerza cuando se presenta como una colección. Una obra puede contar una historia, pero varias obras pueden construir una memoria. Al reunir diferentes rostros, oficios y experiencias, se crea una narrativa que permite al espectador acercarse de otra manera a una comunidad y establecer vínculos de empatía con quienes la conforman.
Mi obra nace, entonces, de la observación, pero también de la empatía. Nace de preguntarme quiénes son esas personas que veo todos los días, qué historias llevan consigo y qué podemos aprender de ellas. Pintarlas es, para mí, una manera de decirles: los veo, su historia importa y su vida también hace parte de lo que somos.
Hoy siento que el arte llegó a mi vida en el momento en que estaba preparada para encontrarlo. A los 52 años no siento que haya llegado tarde; por el contrario, siento que llegué con una mirada construida por todo lo que he vivido. Cada experiencia, cada aprendizaje y cada etapa de mi vida hacen parte de la mujer y de la artista que soy hoy.
La pintura se convirtió en mi pasión y en una nueva forma de expresión. Me permitió descubrir una voz que no sabía que tenía y encontrar una manera propia de relacionarme con el mundo. Pintar es hoy mi manera de mirar, de sentir, de comunicar y de encontrarme.
Aspiro a que mi obra pueda acercar el arte a las personas, especialmente a aquellas que quizá nunca se han sentido parte de ese mundo. Quiero que mis cuadros sean una invitación a detenerse, a observar y a descubrir que detrás de cada rostro hay una historia que merece ser escuchada.
Mi propósito es seguir pintando personas, historias y momentos que podrían desaparecer en el ritmo de la vida cotidiana. Convertirlos en memoria, en reconocimiento y, de alguna manera, en patrimonio.
Porque finalmente eso es lo que encontré en el arte: una forma de hablarle al mundo, pero también una forma de encontrarme a mí misma.